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Desde ítaca

Breve descripción

Párrafo con negrita

Vespas y peleas

Al final para un hombre de mundo, es muy exótico volver a casa. Eso cantaba Bunbury en ‘Latex’. Eso he descubierto yo en este año que llevo viviendo en la que es mi casa, en la ciudad del viento, en Coruña. De ahí el título del blog. De ser Ulises en la aventura, de ser Penélope en la espera.

Esta ciudad guarda rincones nuevos para el que todavía se deja sorprender. Aún brindo por el día que una amiga rubia me descubrió, subida en sus tacones, la plaza de la Urbana. Un secreto que, cabrón de mí, me he guardado para mis amigos nada más, no sea que el lugar se nos llene de indeseables, y los lugareños, que la descubrieron antes, nos envíen al frío y cruel exilio del Puerto, tierra de apátridas.

Hace poco viví una de esas noches que te regala esta ciudad, las que tanto echaba de menos cuando fui Ulises en Navarra, en Madrid, y en otros lugares de peor reputación. Una de esas noches que empezaban tomando una cerveza, continúa bebiendo en la azotea de un hotel,   y acaban irremediablemente en una pelea en el Playa. Éramos dos contra ocho e impusimos respeto; todavía temen nuestra reputación.

Los secretos que contamos ante una cerveza harían caer a cualquier gobierno, arruinar cualquier reputación y romper cualquier pareja. Por suerte la cerveza es una amiga silenciosa, y nuestra relación sufrida. No puedo decir lo mismo del Jagger. Aquella noche comenzó con un reencuentro con un amigo de la universidad al calor de una Estrella. Pronto el grupo se amplió, cambiamos la cerveza por el ron, sonaron las primeras carcajadas y aceptamos perder el rumbo.

Un rumbo que nos llevó, maravillas del destino, a continuar la fiesta en una suite en la azotea de un hotel, reconvertida en bar secreto. Me llevaré a la tumba el nombre y la dirección del hotel. Cuando llegamos descubrí que la gente nos llevaba ventaja, porque nada más entrar un hombre entrado en edad y carnes se partió la nariz en un escalón traicionero, copa en mano. Al pasar por el baño, cuatro jóvenes no tan jóvenes se metían Colombia entre pecho y espalda. Salimos a la terraza, saludamos, y respiré hondo. La noche olía a victoria.

Las fotos, que quedarán para el olvido, nos sacaron como lo que éramos, jóvenes y felices, despreocupados al menos por un momento, bebiéndonos la oscuridad a tragos largos. Cuando quemamos el hotel decidimos pasar por el taller. Un bar de los de antes, de los buenos, donde el mejor rock se disfruta fumando, y donde Mohamed, marroquí y alemán, no me dejó pagar ni una ronda de chupitos mientras ponía a prueba mi inglés.

En medio del humo de la noche, una italiana afincada en Coruña me vio pinta de camarada y con un “come stai?” iniciamos una conversación que bien pudo acabar en un altar de Las Vegas. El humo que formamos con nuestros cigarros dentro del bar se disipó y tras él apareció una Vespa, y la noche no me pudo parecer ya mejor.

Pero lo fue, porque tras superar las puertas dobles del Puti descubrimos que el amor se esconde en una vaso de vodka y que la música se baila lenta cuando hay que bailarla lenta. A mi cara asomaba confusión y a la de mis amigos también. Pese a todo, uno de Bilbao y yo no conseguimos liarlos para poner la guinda a un pastel que solo podíamos terminar de comernos en el Playa, templo maldito de la noche. En medio de la excitación general de las luces parpadeantes, una mirada llevó a un empujón, que llevó a otro, y yo pensé, “qué coño, somos dos pero este es de Bilbao”. Y aunque ellos eran ocho plantamos cara y bandera, marcamos territorio, y tras un ‘No pasaran’ seguimos bailando canciones que no recuerdo con chicas que tampoco recuerdo. Los que sí que recuerdo es que todo desembocó en una resaca de campeonato, pero todo olía bien.

¿Que a qué viene contar esto? A poco, a nada. Pero mi blog es mío y lo violento cuando quiero.

Ulises y Penélope

Desde que hace años me convertí en habitual de andenes y carreteras, descubrí en piel ajena que siempre es más duro quedarse que irse. El dolor del desgarro es mayor que el de la marcha. Para el que se queda, una parte de sí mismo se le desprende del cuerpo. Por eso es tan difícil para el hombre la convivencia con la ausencia.

No me acostumbro a mi nuevo papel de Penélope en Ítaca. Esperando paciente, en las rocas, enseñando la liga a los marineros mientras los mantiene a raya, por pura diversión, como perros rabiosos ante un festín de carne. Puestos a elegir prefiero el personaje de Ulises, pero sé que esto es fácil decirlo cuando estás en Ítaca, o cuando has salido de ella como Aquiles fue a Troya: buscando la gloria; llegar, luchar y matar, sabiendo que volverás triunfal o no volverás, convencido de que tu lugar es el Olimpo, no el Averno.

Conozco a quien ha hallado la felicidad más allá de nuestras fronteras. Es cierto que la emigración no tiene que ser dolor. Pero es igual de cierto que el desarraigo es el peor compañero de tragos. Tiene siempre mal beber. Acaba montando un pollo tarde o temprano, mientras el camarero intenta arrastrarlo fuera del bar. Luego llora y se purga, consciente de que tendrá que vivir otro día para luchar.

Porque al final la vida del emigrante es la del soldado. Es una batalla. Pero en una guerra de guerrillas, siempre en constantes escaramuzas, cuya victoria no sentirá en piel propia. Su néctar de los dioses lo beberá años después, viejo, retirado del campo de batalla, contemplando cómo su prole puede disfrutar de los beneficios de su lucha: acceso a la universidad, comodidades, vida digna, etc. Todo eso por lo que sus padres lucharon durante años en el campo de batalla de un país que no era el suyo, en una guerra que nunca fue la suya.